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Optimismo desde Cataluña

Por Narrador - 26 de Marzo, 2006, 16:45, Categoría: General

La prensa catalana prefiere el color rosa, el ‘mundo feliz’ que habitualmente presentan sus medios de comunicación al más puro estilo orwelliano. Muy a nuestro pesar la realidad es muy diferente a la definida por el ‘Oasis’. Será el tiempo quien de o quite razones.

 

“Principio del fin” (Editorial de LA VANGUARDIA)

 

 

ETA ha decidido declarar "un alto el fuego permanente a partir del 24 de marzo de 2006". Así empieza la declaración hecha pública ayer por la banda terrorista. El comunicado, largamente esperado, no es todavía el último que le queda por escribir a ETA: este alto el fuego debería ser la antesala de su disolución y de la renuncia a la violencia en todas sus formas, incluida la extorsión a las empresas vascas. El anuncio, sin embargo, supone un notable paso adelante que el tiempo dirá si constituye el inicio del principio del fin de la violencia que pronosticó Rodríguez Zapatero. La esperanza, pero también la cautela y la prudencia, son de rigor, como apuntó ayer mismo el propio presidente del Gobierno.

 

La esperanza que abre el comunicado de ETA debe atenuarse con la prudencia que aconseja la experiencia. La realidad demuestra, desgraciadamente, que las dos anteriores treguas de ETA resultaron fallidas. Así ocurrió en las llamadas conversaciones de Argel (1989), con el gobierno de Felipe González, y en la última tregua (entre septiembre de 1998 y diciembre de 1999) cuando el entonces presidente Aznar ofreció generosidad a la cúpula etarra. También ahora el presidente Rodríguez Zapatero merece un margen de confianza del conjunto de las fuerzas políticas democráticas para aprovechar esta nueva oportunidad de conseguir la definitiva y tan anhelada pacificación del País Vasco, máxime teniendo en cuenta el carácter permanente del alto el fuego que se anuncia y que podría ir más allá de una tregua convencional.

 

El principal marco de referencia de las fuerzas democráticas es la resolución aprobada en el último debate del estado de la nación, el 17 de mayo del pasado año, en la que todos los grupos parlamentarios, a excepción del Partido Popular, sentaron las bases de un teórico final de la violencia. Mariano Rajoy, cuya participación activa como ministro del Interior y vicepresidente del Gobierno en la lucha contra ETA contribuyó al declive de la banda, tendió ayer la mano, ofreció colaboración y se acercó a aquel consenso.

 

El líder popular ha obrado ahora en consecuencia por cuanto lo entonces acordado en el Congreso coincide con el punto 10 del pacto de Ajuria Enea, sellado por las fuerzas vascas -incluida la antigua Alianza Popular- en enero de 1988: "Si se producen las condiciones adecuadas para un final dialogado de la violencia, fundamentadas en una clara voluntad de poner fin a la misma y en actitudes inequívocas que puedan conducir a esa convicción, apoyamos procesos de diálogo entre los poderes competentes del Estado y quienes decidan abandonar la violencia, respetando en todo momento el principio democrático irrenunciable de que las cuestiones políticas deben resolverse únicamente a través de los representantes legítimos de la voluntad popular".

 

Las fuerzas democráticas son conscientes de que, históricamente, han sido la unidad antiterrorista, la acción policial y judicial y la colaboración internacional, especialmente de la vecina Francia, las que han puesto a ETA en una situación de debilidad, pese a mantener su capacidad operativa, como se ha encargado de demostrar con sus últimas acciones sin víctimas. Este factor, unido al auge del terrorismo internacional de matriz islamista -de los atentados del 11-S en EE.UU. a los del 11-M madrileño y el 7-J londinense-, hizo que no sólo la sociedad tomase conciencia de la nueva amenaza, sino que los terrorismos locales de viejo cuño, como es el caso del de ETA, tomaran también nota de la nueva competencia mortífera y vieran como sus estrategias tradicionales quedaban superadas por un fenómeno que responde a claves inéditas. Una constatación a la que no es ajena ni esta declaración de alto el fuego, ni la presión que en esa dirección venían realizando una mayoría de sus presos, con largas condenas y deseosos de buscar una salida a su negro horizonte.

 

Sin precio político por la paz

 

Hay que subrayar, en el terreno político, que constituye un ejemplo de vitalidad democrática la presteza con la que el presidente del Gobierno acudió ayer al Parlamento y la actitud de todos los portavoces, empezando por Rajoy. Es verdad, como subrayó el líder del PP, que no puede pagarse precio político por la paz, pero también lo es, como afirmara en su día Zapatero, que "el fin de la violencia no tiene precio político, pero la política puede contribuir al fin de la violencia". Es el momento de renovar consensos ante un proceso que, en palabras del presidente, será duro, largo y difícil, y para el que se precisará del concurso de todas las fuerzas políticas; el gesto de ayer de ambos políticos, tendiéndose mutuamente la mano, es un buen augurio. Y también debe tenerse siempre presente la memoria de las víctimas.

 

No puede ser de otra manera por cuanto la barbarie etarra, con más de 900 muertes y secuestros, ha unido en el dolor no sólo a las víctimas y familiares, sino a la política democrática y a la sociedad civil en su conjunto. Hay que afirmar, con la cautela y prudencia debidas, que la esperanza en el fin de la violencia puede también ahora ser un factor añadido de unidad. La memoria de las víctimas, según una imagen utilizada recientemente por una de ellas, debe estar siempre presente en el retrovisor del Gobierno y de su presidente, pero su obligación es explorar la puerta de la esperanza que ahora se entreabre. Tiene el derecho y el deber de intentarlo, e incluso de fracasar si fuera el caso, como dijo Duran Lleida.

 

Esta nueva etapa puede abocar a dos escenarios diferentes, a tenor de la citada resolución del Congreso. Un proceso de diálogo entre el Gobierno y ETA, que no puede entrar en cuestiones políticas y que ha de centrarse en la entrega de las armas y en el proceso de reinserción de presos (acercamiento, en una primera fase, y la paulatina reinserción de aquellos que hayan decidido abandonar la violencia, según el punto 9 del mismo pacto). Y un diálogo sobre temas políticos, que exclusivamente corresponde tratar a los representantes legítimos de los ciudadanos, es decir, a los cargos vascos.

 

Ambos escenarios no deben confundirse ni condicionarse. Éste es el punto en el que se atisba un giro táctico en ETA, en línea con la propuesta lanzada por la ilegalizada Batasuna en Anoeta. El primer test político sobre la solidez de este proceso será la participación o no de la izquierda abertzale en las municipales del 2007. No cabe, entre tanto, hacer interpretaciones políticas sobre el hecho de que esta tregua se decreta al día siguiente de la aprobación en la comisión Constitucional del nuevo Estatut. Sólo cabe constatar que la vía catalana se sigue construyendo sobre el consenso mayoritario y la no violencia. Éste es el principal activo político de una Catalunya que ha sufrido en sus carnes el terrorismo de ETA. Y puede serlo de todos aquellos que opten por la misma senda.

 

 

Editorial publicado en el diario LA VANGUARDIA el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés, reproducimos íntegramente el texto.

 

“Una oportunidad histórica” (Editorial de EL PERIODICO)

 

 

• Se abre una etapa difícil, pero cargada de esperanza, y necesitamos que la clase política esté a la altura

 

La esperanza de que algún día el terror desaparezca de España está hoy más viva que nunca. Tras casi tres años sin matar, ETA anunció ayer un “alto el fuego permanente” que, aunque deba ser acogido con prudencia, justifica la reacción colectiva de alivio que se está viviendo en el País Vasco y en toda España. Es un paso adelante imprescindible para encarrilar por la vía estrictamente política el conflicto de Euskadi. El comunicado no habla de la desaparición de ETA, pero se refiere a mucho más que una simple tregua. Llega en un momento maduro, con un Gobierno dispuesto a aprovecharlo.

 

ETA no renuncia a sus objetivos políticos, a que sean exclusivamente los vascos quienes decidan el futuro de Euskadi. Pero su tono es menos coactivo que otras veces. Habla de impulsar un proceso democrático. Eso sólo puede querer decir que ciñe a la acción política convencional, y no a la muerte y el chantaje, la obtención de sus ideales. Tampoco pone condiciones concretas, lo que invita a confiar en que ha entendido que el futuro de Euskadi no tiene que decidirlo ella, sino la gente y sus representantes electos. Todas estas cosas equivalen a decir que su dramático papel en la historia ha llegado a su fin.

 

'HOJA DE RUTA' Tras sostener que lo de ayer estaba próximo, el presidente Zapatero apela ahora a la prudencia y pide tiempo para comprobar las verdaderas intenciones de ETA. El alto el fuego no se debe a un partido, a un Gobierno o a un poder del Estado. Felipe González lo buscó cuando el escenario aún no estaba maduro por ningún lado; el PP puso firmeza eficaz cuando posiblemente hacía falta firmeza eficaz, y Zapatero ha derrochado talento y valentía cuando lo que se precisaba era eso. Hay una hoja de ruta bien pensada respecto de lo que ha de venir. Ahora es el Congreso, que ya marcó el camino, quien tiene que ratificar la estrategia: forzar que la renuncia a la violencia sea definitiva, diálogo sin más límites que el respeto a la voluntad de la mayoría de los vascos y no pagar precios políticos por la decisión de ETA.

 

DE RAJOY A ETA Al PP, cuya colaboración leal es imprescindible, se le plantea un reto: abandonar su obstrucción a la política antiterrorista del Gobierno o quedarse al margen. Ayer Rajoy exhibió escepticismo, pero brindó su "apoyo" a Zapatero fijando condiciones aparentemente exigentes, pero que no contradicen la hoja de ruta del Gobierno. Quizá inicie en este momento histórico el giro hacia la moderación tantas veces anunciado.

 

Es posible que ETA sólo se esté dando un respiro, o que confíe en una claudicación del Estado de derecho que no llegará. Pero hemos de lograr que este alto el fuego sea definitivo. Habrá que tomar decisiones difíciles en los tribunales, en las cárceles y en los parlamentos. Los ciudadanos esperamos que nuestros políticos se unan para hacerlo. Es una oportunidad histórica para que desaparezca la peor secuela que nos queda del franquismo y para que pasemos a vivir en un Estado complejo, quizá dificil, pero democrático y sin violencia terrorista interna.

 

 

Editorial publicado en el diario EL PERIODICO el jueves 23 de marzo de 2006. Por su interés reproducimos íntegramente el texto.

 

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