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Tres políticos con tres opiniones

Por Narrador - 8 de Abril, 2006, 4:37, Categoría: General

Una vez queremos dejar muy claro que la reproducción de textos de autoría ajena tiene un carácter meramente informativo y divulgativo. En modo alguno indica acuerdo, sintonía o apoyo con tesis alguna. Hoy les hemos seleccionado tres artículos de cuantos publican los distintos medios. Tres políticos se expresan en libertad con diferentes posturas. Nuestro siempre admirado y respetado Redondo Terreros en su habitual línea de coherencia, Miguel Herrero que fuera líder del PP para acabar en brazos del nacionalismo peneuvista y Gorka Knörr que si la memoria no falla era diputado autonómico por EA. Los dos últimos siguen un argumentario que preferimos no calificar… Pero se nos entiende.

 

“De ETA a Montesquieu” por Nicolas Redondo Terreros

 

 

«¡Por fin!», dirán algunos. Después de meses de angustiosa espera conocemos la buena nueva: ETA ha anunciado un «alto el fuego permanente». Esta iniciativa se presenta en un momento muy especial en el que la política española acusa síntomas preocupantes y negativos: desde la proposición que el Gobierno hizo en el Congreso, apoyada con entusiasmo por los partidos proclives a la negociación con ETA, la división entre el PSOE y el PP ha impedido en los últimos meses un diagnóstico y una política comunes contra el terrorismo.

 

Ese desacuerdo se extiende a la configuración de la nación española. La aprobación del Estatuto de Cataluña abre un periodo de reformas de nuestro edificio constitucional sin el acuerdo previo del PP. Es por tanto -y sólo describo la situación sin hacer ninguna valoración política- un momento de dificultad y debilidad que, sin duda, ETA ha aprovechado.

 

El contexto en el que se anuncia el alto el fuego tiene una gran importancia, pero no debe llevarnos a equivocaciones sobre el verdadero significado del anuncio de ETA. Cualquier alto el fuego o tregua permanentes o indefinidos impulsados por la estrategia de la banda o por su incapacidad temporal para seguir actuando es una derrota del terrorismo. ¡No de ETA! Pero sí del terrorismo. Unos pueden pensar que el origen del comunicado es un cálculo maquiavélico y conspirativo; otros, que se debe a una debilidad paralizante de la banda. Pero el dato objetivo es que han considerado, durante un tiempo indefinido, que la acción terrorista (el asesinato, la extorsión o el secuestro de civiles) es ineficaz o hasta contraproducente para conseguir sus objetivos políticos. Es su derrota, aunque sea temporal, y nuestro éxito, aunque no sea definitivo.

 

Probablemente esté ahí el quid de la cuestión. Nuestra angustia reside en la necesidad de conseguir definitivamente la paz, es decir, de derrotarles también en el ámbito político. Algunos, que brindan con champán y lloriquean por los «ausentes involuntarios», estarían dispuestos a concederles todo para conseguir este objetivo; otros, los nacionalistas del PNV, más inteligentes y sibilinos, consideran que es posible mantener esta situación de alto el fuego a cambio de lograr parte de sus reivindicaciones partidarias y proponen la inmediata creación de una mesa de partidos para conseguir sus pretensiones.

 

Los que tenemos un largo camino sembrado de dificultades somos los del PSOE y los del PP, porque queremos y necesitamos la libertad en el País Vasco sin darles una razón que nunca han tenido, siguiendo la máxima del tan invocado como desconocido Montesquieu cuando decía: «La Monarquía se pierde cuando a unos se les quitan sus funciones naturales para dárselas a otros arbitrariamente y cuando se muestra más amante de sus fantasías (deseos) que de su voluntad».Quiero decir que debemos olvidarnos de influir en la Justicia, de intentar condicionarla según nuestra conveniencia por muy legítima que nos parezca, y saber que nuestra fuerza reside en la unidad entre quien gobierna, José Luis Rodríguez Zapatero y quien puede gobernar, Mariano Rajoy.

 

¡Sí! La unidad de acción entre los dos grandes partidos nacionales es más importante que nunca. Si el Pacto Antiterrorista fue determinante a la hora de obligar a ETA a tomar la decisión que ha tomado, hoy el acuerdo entre los dos partidos es más necesario que ayer para conseguir su derrota en el campo político. Ese acuerdo les obligará a grandes sacrificios.

 

El que está en la oposición tiene que confiar en el liderazgo del Gobierno y el PSOE, mi partido, debe saber que no puede imponer sin límite lo que quiere, sino hacer una política definida por las leyes y el consenso con el primer partido de la oposición, evitando caer en el error señalado por el autor de De l'esprit des lois: «La Monarquía se pierde cuando el príncipe, poniéndolo todo en relación exclusiva consigo mismo, llama Estado a su capital, capital a su corte y corte a su persona». Entiéndase la oposición al sectarismo y la imposición de los intereses personales sobre los generales en la cita del autor francés.

 

La unidad debe basarse en el convencimiento de que en la lucha contra ETA hemos tenido la razón y, ahora, ésta nos indica que es necesario defender las reglas del juego democrático, la Constitución del 78. Es imprescindible que dejen claro Zapatero y Rajoy que las discusiones, las próximas negociaciones, se harán donde se tienen que hacer: en el Congreso y en el Parlamento vasco. Sería, más que una inmoralidad, un gravísimo error que por el deseo de alcanzar la paz termináramos dando la razón a la banda y aceptáramos, unos a sabiendas y otros desde una cómoda ignorancia, la deslegitimación de las asambleas autonómica y nacional, asumiendo la creación de mesas para poner patas arriba todo el sistema constitucional español.

 

Dejando claro el instrumento (la unidad de los partidos) y el ámbito de la acción política (instituciones autonómicas y nacionales), llega el momento de marcar el campo de juego. La paz, que es la intersección entre la ley y la libertad, encierra un inmenso valor pero no tiene precio político. Así, el PSOE y el PP deben dejar claro que el estatus institucional actual de la Comunidad Autónoma Vasca y de la Comunidad Foral de Navarra es el mejor para los vascos, los navarros y el resto de los españoles. Para ello deben asegurarse mutuamente la gobernabilidad en Navarra, gane quien gane, y, de la misma manera, es imprescindible asegurar a la sociedad española que será consultada para decidir sobre cualquier variación del tejido autonómico vasco que afecte al edificio constitucional español.

 

En todo este proceso político, no de paz, las víctimas y sus familiares deben erigirse en la conciencia crítica. Algunos querrán olvidarlas, otros harán como que hubieran sufrido tanto o más que ellas, pero lo cierto es que las víctimas y sus familiares nos han dado un testimonio ético que no se puede olvidar y que me hace recordar al final de este artículo a Lord Acton cuando decía: «Cometer un crimen es algo que sucede en un momento, es algo excepcional. Defenderlo con una explicación histórica -o política- es algo perenne y revela una conciencia más pervertida que la del criminal».

 

 

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 25 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

“Triunfo de todos” por Miguel Herrero de Miñón

 

 

Al escribir este artículo tras oír la noticia de la tregua permanente declarada por ETA, dudé entre tres posibles títulos: el que tiene; el que oponía al "Triunfo de todos" el de "Victoria total"; el de "Vencedores y vencidos". La optimista preferencia por el primero no excluye utilizar los otros dos.

 

El "Triunfo de todos" es, a mi juicio, el más exacto, porque lo que la declaración de tregua permite esperar, esto es, el cese de todo tipo de violencia, desde el crimen a la amenaza pasando por la extorsión, es lo mejor que puede ocurrirnos a los españoles. Beneméritos de la patria, como en tiempos heroicos se decía, debieran ser proclamados quienes a ello han contribuido. Quienes merced a ello y a partir de hoy sientan más seguros sus personas y bienes, la ciudadanía de a pie que ha padecido la violencia y no ha obtenido de ella ningún tipo de rédito indirecto, será quien mejor valore las ventajas de la paz y con mayor acierto atribuya los méritos de la misma. Pero el triunfo es de todos.

 

Primero, sin duda, del Gobierno y de su presidente, cuyo coraje personal e intuición política supo aprovechar la ocasión propicia para establecer el clima y las condiciones que han hecho posible la tregua y lo que el cese de la violencia permitirá, el avance por las vías de la pacificación de la sociedad vasca y de la normalización ampliamente consensuada de sus instituciones. El haberlo hecho sin los apoyos que podrían haberse presumido y en medio de campañas en contra orquestadas desde muy diferentes sectores, ocasionales compañeros en la tarea de impedir el éxito de la empresa, la hace más meritoria y acreedora, en estos tiempos críticos, de apoyo responsable por parte de las instituciones, los partidos, los medios de comunicación y la ciudadanía. No hacerlo sería suicida para unos a la corta, para todos después. Triunfo de cuantas fuerzas políticas tuvieron la clarividencia y generosidad de apoyar tal política en el Congreso de los Diputados. Triunfo para toda la ciudadanía, y en especial para la vasca, que puede, a partir de ahora, recuperar esa "tranquilidad de ánimo que proviene de la conciencia que cada uno tiene de su seguridad". Triunfo, incluso, para quienes así muestran su opción en pro de la convivencia pacífica, por conflictiva que ésta resulte y difícil de conseguir y por las vías democráticas y legales para desarrollarla. Así es como de verdad se sirve a la voluntad de un pueblo sediento de paz y se abre el camino para que se exprese libremente. Volver atrás supondría perder, tal vez para siempre, el camino. A tantos y tan varios, a todos alcanza el triunfo.

 

¿Por qué entonces oponer a éste, al "Triunfo de todos", la "Victoria total"? Porque, al menos desde Rousseau, la totalidad, disfrazada de generalidad, no incluye a todos, sino que se impone a algunos de ellos -unos "algunos" con frecuencia, aunque minoritarios, muchos-. La victoria total, que ciertos sectores no dejan de proponer como única alternativa legítima, supone el que una parte del conflicto, armada de toda la razón, imponga sus soluciones a la o a las otras partes a quienes somete en vez de integrar o trata de integrar después de triturarlas. Los motivos que dieron lugar al conflicto se niegan y dan así por resueltos y de las secuelas del mismo sólo se atienden a las que se considera participan de la propia solución. Por ello, la victoria total y absoluta impide el triunfo relativo pero, por real, satisfactorio para todos. La victoria total se asemeja mucho a la solución final, y como ella responde a una racionalidad que, por ser abstracta, se considera pura y se comporta como mecánica.

 

Pero la experiencia muestra lo estrechos que son los límites de tal racionalidad supuestamente pura, a la hora de entender la historia y dar cuenta de sus conflictos. Esa misma experiencia que enseña las ventajas de un razonar diferente. Un razonar por vital atento a los elementos singulares, temporales y afectivos que integran y laten en el conflicto. Una razón, por ello, más piadosa que vindicativa, más dialógica que dialéctica. Una razón más dispuesta a la amnesia cuando el olvido facilita la convivencia, que ciega para ver la realidad, como la iconografía clásica representa a la justicia, haciendo virtud de lo que sólo es limitación.

 

Pese a pretenderse racional, la victoria total se nutre de categorías metafísicas, apenas secularizadas y que, utilizadas de tejas abajo -sin gracia, en ningún sentido del término-, son harto disfuncionales. Tales las exigencias de arrepentimiento, perdón o penitencia, de cuya dramática esterilidad dio buena prueba nuestra inmediata posguerra civil. El triunfo de todos, por su parte, ha de basarse en categorías más ligeras y positivas, tales como diálogo, negociación, compensaciones, remisión de penas, reinserción, nuevas y sugestivas metas capaces de movilizar el quehacer colectivo. ¿Son éstos precios a pagar? Prefiero contemplarlos como objetivos a conseguir, en sí mismos valiosos. Y en lugar de exigir declaraciones de principios, difíciles de articular porque las palabras tienen ecos profundos en los abismos del afecto, prefiere actitudes. La más contundente de las renuncias a la violencia es dejar definitivamente de ejercerla y las exigencias retóricas adicionales no añaden más que dificultades. Y no es menos inconveniente la sustitución de la violencia o la amenaza por palabras o gestos imprudentes que se complacen en reabrir, cuando no de infestar, heridas aún muy recientes. ¿Por qué entonces hablar de "Vencedores y vencidos" si, por la declaración de tregua, nadie debe sentirse derrotado, si, al contrario, en el triunfo que ya supone la tregua y que la paz anuncia pueden participar cuantos tengan un mínimo de buena voluntad? Porque, sin duda, los hay o, más exactamente, los habrá cuando se consolide la paz.

 

Se sienten vencidos los irreductibles que necesitan de la continuidad de la violencia, ya para vivir, ya para no creerse muertos; los que alardean de los hechos cuyo mejor destino es ser olvidados; los que quieren la violencia para ocultar el conflicto político que yace, no tras, sino al margen de ella, y obviar así el abordarlo y resolverlo; los que no quieren que llegue la paz porque no fueron capaces de conseguirla cuando tuvieron la ocasión de hacerlo y prefieren que no se obtenga si no son ellos los autores; los que prefieren cualquier terror a que un adversario con "fortuna", en el sentido clásico del término, pueda legítimamente capitalizar el éxito político que supone ponerle fin.

 

A todos éstos, los españoles, vascos y no vascos, hemos de exigirles que no rompan la esperanza, que no descalifiquen la ocasión; que, por una vez, sepan someter instintos y apetencias, nostalgias, rencores y mezquinas estrategias sin otro horizonte que el propio partido o la inmediata elección, a la consecución de un objetivo capaz de afectar a todos y para mucho tiempo: la pacificación. Ahí se juegan vidas y haciendas, la seguridad de hoy y el bienestar de mañana, la misma voluntad de vivir juntos que integra el Estado. En servirlo, por encima de opciones políticas y pasiones personales, radica el verdadero patriotismo.

 

Miguel Herrero de Miñón es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 

 

Publicado en el diario EL PAIS el sábado 25 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

¿Volver a empezar?” por Gorka Knörr

 

 

El proceso está mucho más blindado de que lo que a primera vista parece, lo cual me hace ser bastante más optimista que cuando la tregua de 1998, aunque ya sabemos que habrá que contar con los agoreros de costumbre habitual     

        

Decía uno de los periodistas "orgánicos" de los alrededores del PSOE lo siguiente, hoy mismo: "En el proceso 1998-99, La Moncloa tuvo un papel secundario. Se basó en un pacto entre los partidos nacionalistas, avalado por ETA...". Y añadía: "La tregua indefinida, que terminó a finales de noviembre, la rompió ETA no por la conducta del Gobierno de Aznar -interlocutores de ETA se reunieron con una delegación gubernamental en Suiza en mayo de 1999- sino porque consideraron que el PNV había incumplido el acuerdo de avanzar en la construcción nacional".

 

Curiosa forma, plagada de inexactitudes y falsedades, de construir noticias y la propia historia; claro que se comprende la amnesia, durante aquellos tiempos de Aznar, de periodistas orgánicos que difundían sin hacerle ascos el material que les llegaba del Ministerio del Interior de Mayor Oreja.

 

Nada más lejos de la realidad eso de que La Moncloa tuvo un papel secundario; tuvo el que tuvo al principio -que se hayan desempolvado hemerotecas con titulares, editoriales y artículos escritos meses después de la tregua del 98 resulta plenamente revelador al respecto-, y dejó de tenerlo porque Mayor Oreja arrastró a Aznar a cargarse la tregua, porque Lizarra representaba un clarísimo peligro: sin ETA, estaban abocados a resolver el conflicto político en claves estrictamente políticas. Ése es el quid de la cuestión. Para cuando se llega a Zurich, las cosas están realmente mal, y los generales de la guerra reforzados por la política de Mayor Oreja.

 

Y el PSOE calló; respaldó aquella política del gobierno central. Se podría hasta llegar a entender, por aquello que en materia de política antiterrorista dicen que hay que estar al lado del gobierno. Y siguió callando, cuando durante el aznarato, so capa de política antiterrorista, se cometieron las mayores tropelías: desde cerrar un diario en lengua vasca (por cierto, sigue cerrado "cautelarmente" después de tres años...), hasta inventar toda una serie de nuevos delitos penales, instaurar la presunción de culpabilidad, o cambiar el código penal para permitir el procesamiento del lehendakari Ibarretxe y miembros de la Mesa del Parlamento vasco, procesando a estos miembros de la Mesa (entre los cuales me encontraba yo mismo), mediante la intromisión del Supremo en el enjuiciamiento de actos legislativos de un Parlamento, cuestión para la cual, obviamente, no tenía jurisdicción alguna (ahora resulta hasta divertido ver cómo algunos protestan cuando el presidente del Supremo alega que quiere conservar su independencia para no ir al Congreso de los Diputados)....

 

Es cierto, sin embargo, que el PSOE estuvo al margen de la Declaración de Lizarra. Pero comencemos la misa por el introito, y no por el Credo. La Declaración de Lizarra es producto de una emulación reducida del modelo irlandés y del fracaso del Plan Ardanza, con el cual estaba de acuerdo el PSOE, pero se retiró a última hora, por no dejar solo al PP. Recuerdo una comida con la plana mayor del Partido Socialista de Euskadi, el 8 de marzo del 2000, justamente dos semanas antes del asesinato de Fernando Buesa. Los representantes socialistas estaban básicamente de acuerdo con el planteamiento del proceso de paz, y nos mostraron su disposición a emprenderlo una vez ganadas las elecciones generales (que, desgraciadamente para el proceso de paz, ganaría finalmente Aznar por mayoría absoluta); su mayor queja, que repitieron varias veces durante la conversación, no fue sobre aspectos de contenido del proceso, sino el hecho de que el PNV no les hubiera tenido al corriente del mismo.

 

Hoy las cosas son radicalmente diferentes. ETA tuvo que hacer frente, primero, al gran fracaso de Batasuna tras la vuelta a las armas en las elecciones de mayo de 2001. Se ha tenido que enfrentar a una sociedad cada vez más hastiada de su violencia, a un contexto externo que le reduce espacios de comprensión internacional (máxime después del alto el fuego irlandés); a la imagen del terrorismo de corte islamista y a la evidencia de que, tras el 11 de marzo fatídico de Madrid, cualquier atentado personal sería todavía más inasumible, incluso por los aledaños del MLNV. Razones internas y externas, unidas también a la evidencia objetiva de que las medidas emprendidas en el aznarato, por más que finalmente la Ley de Partidos puede llegar a ser declarada ilegal por las instancias de justicia europeas, han hecho daño a su mundo político.

 

Las condiciones estaban puestas para que, como algunos hemos sostenido durante estos años, a mediados de 2003 la vía hacia la política se abriera camino en ETA. Es el momento en que ese mundo pide contactos con ERC, que culminarían con la reunión de Perpignan, clave para que el líder republicano Josep Lluis Carod-Rovira acabara convenciendo a los interlocutores de ETA de abrazar las vías políticas. Afortunadamente, Rodríguez Zapatero, conocedor a posteriori de esa coyuntura, decide jugar, arriesgadamente, como en su momento lo hiciera Carod, la baza de emprender contactos discretos con ETA, una vez asumida la presidencia, dando otros pasos como el de la autorización al Partido Socialista de Euskadi para mantener contactos secretos con Batasuna, o el guiño a la misma Batasuna mediante la autorización de la candidatura de EHAK a las elecciones vascas. Los contactos han sido cada vez más fluidos. Nadie en sus cabales podría negar la evidencia, tras haber asistido a meses de declaraciones del propio Zapatero y otros líderes socialistas, o el encuentro entre el máximo líder de UGT del País Vasco, Dámaso Casado, y el de LAB, Rafa Díez. Y cuando Pepiño Blanco hace declaraciones en Euskadi tan contundentes de que podemos estar más cerca de la paz, no sólo quienes por una razón o por otra estábamos más al tanto de determinados movimientos, sino mucha gente en Euskadi presintió, finalmente, que la declaración de tregua de ETA estaba muy cerca, como así fue.

 

Alguien dirá que es como volver a empezar. Vale. Pero esta película, más allá de los actores, cuenta con muchísimo más argumento. Se ha hablado desde el centro del poder estatal y se han cocinado también muchos preacuerdos en Euskadi. El proceso está mucho más blindado de que lo que a primera vista parece, lo cual me hace ser bastante más optimista que cuando la tregua del 98. Ahora, como decía hace unos días, toca que los políticos trabajen con el mínimo margen de partidismo posible, con el máximo de responsabilidad, y poniendo el mayor énfasis en la implicación de la ciudadanía. Ya sabemos que habrá que contar con los agoreros de costumbre y el equipo mediático habitual, que repetirán hasta la saciedad aquello del "precio de la paz". Pues bien: trabajemos lo más juntos posible para socializar lo que otros, posiblemente la mayoría, consideramos fundamental, que no es otra cosa que el "valor de la paz". Para que, entre otras razones, no tengamos que volver a empezar.

 

 

Publicado en el diario DIEA el sábado 25 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

 

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