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9 de Abril, 2006

La Historia de ETA contada por Germán Yanke

Por Narrador - 9 de Abril, 2006, 19:10, Categoría: General

German Yanke, fenomenal periodista y uno de miles de amenazados por la banda criminal cuenta en este gran artículo la historia de ETA, como bien titula la historia de una autentica aberración.

 

“Historia de una aberración” por Germán Yanke

 

 

Desde que ETA nació en la década de los 50 hasta este «alto el fuego permanente», la historia de la banda es la de la «enfermedad moral» que ha producido en el País Vasco y fuera de él

 

La década de los 50 no fue fácil para el PNV y sus dos «almas» —en el PNV todo tiene ese pretendido carácter «espiritual» y lo que en otros partidos son sectores, en él se presentan como almas»— disputan sobre la estrategia. Para algunos, sobre todo jóvenes estudiantes, la dirección estaba paralizada y acomodada. En 1952 nace en su seno el colectivo EKIN y a finales de 1958 (oficialmente el 31 de julio de 1959, día de San Ignacio de Loyola) nace Euskadi Ta Askatasuna y el acróstico ETA de tan larga y desgraciada memoria.

 

Sus fundadores eran jóvenes, burgueses y dominados por una concepción étnica y lingüística. El euskera es uno de los pilares de su ideología y el etnicismo les parece una versión moderna de las raíces racistas de sus antecesores en el nacionalismo vasco. La formulación antiespañola impregna todos sus fundamentos aunque el principio de territorialidad es desde el comienzo un recurso retórico para incluir en la futura Euskadi independiente a las regiones vascas del sur de Francia.

 

La primera diferencia con el PNV es la acción, que es lo que sus fundadores echan en falta: «rama de acción» se denomina (hasta 1962, año en que se convierte en «rama militar») uno de los elementos de su organización. Y la acción política y estudiantil, las pintadas, los panfletos y la colocación de ikurriñas se complementa pronto con la violencia. Ya a finales de 1959 aparecen las primeras bombas, pequeños artefactos colocados en sedes de organismos públicos, y en 1961 pretende infructuosamente descarrilar un tren que llevaba a San Sebastián a un grupo de franquistas que querían celebrar el aniversario del 18 de julio. Entre una cosa y otra se discute si la bomba que estalló en 1960 en la estación donostiarra de Amara, que causó la muerte de la niña Begoña Arroz, es o no el primer atentado mortal de la banda.

 

De «rama de acción» a «rama militar»

 

El cambio de «rama de acción» por «rama militar» se lleva a cabo en la I Asamblea de ETA en un monasterio del País Vasco francés. ETA no quiere colaborar con otras organizaciones del nacionalismo vasco y se define como una «organización clandestina revolucionaria» que acepta, para conseguir la independencia, la «lucha armada». Pero todavía mantiene los rasgos paradójicos de su procedencia. Algunos de sus primeros presos en la cárcel de Martutene cuentan, por ejemplo, las preocupaciones de aquellos militantes de ETA acerca de si la decisión de permanecer en las celdas permitía no ir a la misa del domingo o si la huelga de hambre quedaba o no rota si se comulgaba.

 

La historia de ETA es, en definitiva, la de los vaivenes del totalitarismo étnico y la de la paulatina inclusión —y ratificación— de la violencia terrorista en la propia ideología de la banda, para la que no ha sido un instrumento, sino un elemento fundamental de su razón de ser. Entraba dentro de la lógica, por tanto, que, de una parte, se deglutieran las doctrinas de los movimientos revolucionarios más antidemocráticos de la época y que, en menos de un decenio desde su fundación, llegaran los asesinatos terroristas. A mediados de los 60, la V Asamblea de ETA teoriza sobre el «nacionalismo revolucionario» y concibe al País Vasco como una «nación ocupada» que debe ser «descolonizada» mediante la violencia. Era un paso más el recorrido de las asambleas que ya había pasado, en 1963 con motivo de la tercera, por el concepto de la «insurrección» y por la influencia de la independencia argelina y la revolución cubana. El terror y la muerte se asentaban en el entramado doctrinario de la banda.

 

La leyenda de Etxebarrieta

 

Y poco después, en junio de 1968, Txabi Etxebarrieta dispara por la espalda al guardia civil José Jardines y es abatido durante la persecución policial en Tolosa (Guipúzcoa). Etxebarrieta se ha convertido desde entonces en un icono de la banda, presentado como el más intelectual de sus terroristas y como un buen poeta. Esto último es una exageración sin fundamento; lo primero responde a una mera comparación con sus compañeros. Pero la leyenda de que, tras asesinar, no hizo quizá todo lo posible para salvar la vida en la persecución, vale de símbolo para otro punto de inflexión en la historia de la banda: se irán abandonando —al menos como organización— los prejuicios sobre el terrorismo y sus causas hasta convertirlas en terreno abonado para la ya teorizada estrategia «acción-represión-acción».

 

Dos meses después, ETA asesinaba al policía Melitón Manzanas, un objetivo elegido —ante los sectores más concienciados del nacionalismo— por la crueldad de su trayectoria y —ante la situación política que les interesaba propiciar— por la reacción previsible del Gobierno. No fue otra que el estado de excepción, la represión creciente y el aumento de detenciones. Dieciséis miembros de la banda serán juzgados en Burgos en diciembre de 1970 en un ambiente de elevada tensión: el secuestro del cónsul alemán Beihl en San Sebastián, manifestaciones, actos de protesta y solidaridad con los detenidos y juzgados, represión indiscriminada y, como se vio entonces y se ha demostrado después, un proceso en el que —aunque varios de ellos reconocieron su pertenencia a ETA— no se respetaron las mínimas garantías. La dictadura se iba descomponiendo, pero seguía siendo una dictadura.

 

Resulta tan plausible como asombroso que todo ello condujera a la solidaridad con la banda terrorista de muchos sectores de la oposición política al franquismo más allá de las exigencias de justicia y garantías procesales, o de la oposición a la pena de muerte que se impuso a seis de los condenados. Mario Onaindía, uno de ellos, reconoció después, con sinceridad y arrepentimiento que le honran, que él, en ETA, estuvo contra el franquismo pero nunca a favor de la libertad. Pero en aquel tiempo muchos de los demócratas de los que se podía esperar que distinguieran entre antifranquismo y defensa de la libertad, no lo hicieron. Y en ese caldo de cultivo la banda obtuvo apoyos y pudo reorganizarse con un aluvión de nuevas incorporaciones juveniles.

 

La aceleración de la actividad violenta, el aumento de bombas y atracos debe entenderse, como ha explicado Florencio Domínguez —uno de los periodistas que mejor y más extensamente conoce la historia y la intrahistoria de ETA—, por la constatación de la eficacia del fenómeno como elemento desestabilizador, sobre todo ante la ceguera del franquismo. La teorización sobre el nacionalismo y la revolución, el cálculo en los medios como desideratum de esa reflexión, quedan al margen de esa nueva generación de dirigentes encabezada entonces por Eustaquio Mendizábal, alias Txikia. ETA se escinde en dos grupos que, tras las siglas, llevarán la mención a la V y a la VI Asamblea de la banda.

 

Mendizábal dirigió e impulsó el incremento de la violencia. Lo dirigió —bombas, comienzo de los secuestros para obtener rescates...— hasta morir en un tiroteo con la Policía en 1973 y lo impulsó más allá de su muerte. Ese mismo año, en diciembre, ETA asesina al presidente del Gobierno español, el almirante Carrero, en un atentado espectacular que parecía imposible para una organización como ella. Y llegaría la masacre de la madrileña cafetería Rolando, en 1974, con doce muertos y ochenta heridos. Y el aumento de los asesinatos en esos años finales del franquismo y en los primeros de la Transición.

 

Volverán entonces las escisiones que, más que un carácter ideológico o moral sobre el uso de la violencia, respondían a cuestiones estratégicas sobre el modo de acomodarse más eficazmente a las condiciones cambiantes en España. La historia de ETA está plagada de una indignante falta de reflexión sobre la inmoralidad del terrorismo, hasta el punto de que son muchos los ex miembros de la banda que, a diferencia de lo ya señalado en el caso de Mario Onaindía, han sostenido, por resumir, la existencia de una «ETA buena» (pretérita, en la que ellos militaban) y una «ETA mala» (actual, es decir, la del momento en que se formula el juicio). Y también de escisiones estratégicas que han ido dejando fuera, e impidiendo una evolución hacia la disolución, a quienes consideraban que los objetivos de la banda devenían a la postre imposibles.

 

La primera escisión, en el tardofranquismo, la de ETA militar y ETA político-militar, en la que el rasgo distintivo más importante era la separación entre las acciones armadas y las acciones de masas que defendían los primeros (siempre, naturalmente, bajo el control de los que detentaban las pistolas) y la unión de todas ellas en una misma organización. Después, la aparición, en 1978, de los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Un año antes, los comandos especiales, los «bereziak» de ETA-pm que se pasaron a la ETA-m que dirigía José Miguel Beñarán, alias Argala. Esta última, para oponerse a la intención de crear un partido, opción que defendía Eduardo Moreno, alias Pertur, y quien, como se sabe, le costó la vida.

 

Adolfo Suárez, y con él tantos otros, tuvieron la esperanza de que los cambios que querían propiciar para el advenimiento de un sistema democrático podrían hacer desistir a ETA. En 1976, el jefe de los servicios de información en el País Vasco, Ángel Ugarte, se reunió en Ginebra con dirigentes, primero de una rama y luego de las dos. No dio resultado. Coincidiendo con las elecciones de 1977 se decretó una amnistía y se terminó por expulsar de España a los pocos presos que quedaban, con la prohibición de volver a España, que se incumplió de inmediato. Lo que ocurrió, sin embargo, es que los ataques terroristas se multiplicaron y se intensificaron. Nunca estuvo entre sus objetivos ni la democracia, que se iba consolidando en España, ni las libertades, sino que siempre actuó para lograr la instauración de sus propósitos totalitarios en un País Vasco independiente. Si era imposible la rebelión de los ciudadanos vascos, se pretendía desde entonces —y con qué formas de barbarie— la consecución de la negociación con el Estado de la llamada «Alternativa KAS».

 

Los GAL «refuerzan» a ETA

 

Se trataba, en definitiva, que a base de un terrorismo siempre en aumento la sociedad y las instituciones se inclinaran hacia el convencimiento de que había que terminar con aquello «como sea». Algunos datos en un ambiente de atentados constantes e indiscriminados: 12 guardias civiles asesinados en Madrid en 1986, 21 muertos y 45 heridos en el centro Hipercor de Barcelona en 1987, 11 muertos más y 40 heridos ese mismo año en la casa cuartel de Zaragoza. Ya no son sólo los miembros del Ejército y de las Fuerzas de Seguridad los objetivos, que se amplían a los políticos, los empresarios, los periodistas, etcétera. Si aumentaba la presión de la lucha antiterrorista se trataba de responder con una violencia más intensa. Y ya antes de los hitos del terrorismo de ETA en la década de los ochenta citados, no puede olvidarse que la tensión creada por la banda estuvo presente en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Y para que a los «desertores» (a los arrepentidos que trataban de reinsertarse) se enteraran del precio de su desistimiento, en septiembre de 1986 es asesinada Dolores Catarain, Yoyes, mientras paseaba con su hija.

 

Al final de esa década los partidos políticos comienzan a reaccionar buscando acuerdos para la unidad contra el terrorismo de ETA (Pactos de Madrid primero, de Ajuria Enea después y de Navarra más tarde, todos ellos suscritos entre1987 y 1988. Pero antes se habían vuelto a dar muestras de garrafales errores —gravemente delictivos además— en la batalla con la banda con la aparición de los GAL que no hicieron sino reforzar a ETA además de vulnerar el Estado de Derecho.

Se volvió a la negociación en 1989 con las conversaciones de Argel, que duraron tres meses acompañadas de una tregua de la banda. Otro fracaso y vuelta a las andadas, con el riesgo añadido de que ETA planeara llevar a cabo ante uno de los acontecimientos de mayor dimensión internacional en la vida española: los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Tiene razón el ex presidente González al señalar, como acaba de hacer, que el golpe dado a la banda inmediatamente antes en Bidart, en marzo de ese mismo año, fue de una eficacia más que considerable. Tras una larga investigación de la Guardia Civil, la policía francesa detiene en esa localidad vascofrancesa a la cúpula de ETA. La banda quedó descabezada y desarbolada y, al mismo tiempo, se reveló que empezaba a ser falso el mito tantos años repetido de que, en la lucha policial, no se podía ir más allá de un desanimante «empate infinito». ETA ensaya una nueva tregua pretendiendo iniciar conversaciones con el Gobierno en Sato Domingo, en donde estaba Eugenio Etxebeste, que no se materializan.

 

Aparece la «lucha callejera»

 

Aparece entonces la lucha callejera y la estrategia de asesinar a los militantes de los dos grandes partidos españoles, PSOE y PP. Pero el daño que el terrorismo causaba no ocultaba el que había sufrido la propia ETA que, en su Alternativa Democrática de 1995, propiciaba, más que la negociación con el Estado, la unión de los nacionalistas para conseguir los objetivos que decían tener en común, ya que discrepaban en los «medios». Ese mismo año se lleva a cabo en Vallecas otro de los más sangrientos atentados en el que muren seis personas que trabajaban para la Armada.

 

Pero al final de esa década, en 1998, se alcanza ese buscado acuerdo con los partidos nacionalistas que dará lugar al Acuerdo de Estella y la tregua que duró hasta diciembre del siguiente año. La tregua y las exigencias se ofrecían a los partidos nacionalistas y se formulaban contra los que no lo eran, a los que se pretendía excluir de un futuro espacio político vasco. Pero fueron esas exigencias las que hicieron imposible el acuerdo después de otro fracaso negociador concretado en la reunión en Suiza de dirigentes de ETA con representantes del Gobierno español. Se quiso apartar a los «constitucionalistas» mediante el Acuerdo y se intentó después hacerlo mediante los asesinatos.

 

El Gobierno de Aznar se convenció de que, ajustando la firmeza al Estado de Derecho y a la aceptación de que la batalla era tan dura como duradera, inició una enérgica política antiterrorista convencido de que se podía acabar con ETA. Implicaba además la idea práctica de que la banda no eran solo los pistoleros, sino también el entramado que ETA había construido y en el que se enraizaba sus apoyos políticos y económicos, la capacidad de chantaje y la protección institucional. Se añadió a ello el eficacísimo Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que añadía la permanencia de una política independientemente de que gobernaran populares o socialistas y el aislamiento de la banda y de quienes, de una u otra manera, colaboraran o se aprovecharan de ella. La debilidad de ETA, fruto de esta política, es el «dato objetivo» con el que el actual Gobierno confiaba en el fin de la violencia. Al parecer, ha habido también contactos directos e indirectos hasta el «alto el fuego permanente» del pasado día 24.

 

Pero la historia de ETA, aquí resumida hasta el extremo, puede escribirse también de otro modo: reproduciendo los nombres de las 840 víctimas mortales, de los secuestrados, amenazados, dañados en su vida y en su hacienda, aterrados. Y subrayando la enfermedad moral que en el País Vasco y fuera de él ha producido.

 

Comunicado conjunto de las Víctimas

Por El Observador - 9 de Abril, 2006, 2:23, Categoría: Asociaciones de Victimas

Varios colectivos de víctimas de la barbarie etarra han emitido un comunicado conjunto. Los voceros oficiales del gobierno no han tardado en hacer una interpretación torticera y espuria de una de las frases del texto, omitiendo en sus informaciones (léase deformaciones) de modo consciente la totalidad del contenido.

Comunicado conjunto de las principales Asociaciones de Víctimas del Terrorismo

Las víctimas del terrorismo, que conocemos el sufrimiento que provoca el empleo de la violencia con fines políticos, somos las mayores interesadas en que el terrorismo acabe definitivamente en España.

El 'alto el fuego permanente' anunciado por ETA no constituye el final del terrorismo. Puede ser, sin embargo, el punto inicial de un proceso que conduzca al final del terrorismo. Ello dependerá del acierto del Gobierno en el desarrollo de una política que conduzca a la victoria de la sociedad democrática sobre el terrorismo.

Una política de final del terrorismo requerirá el acuerdo de los partidos firmantes del 'Pacto Por Las Libertades y Contra El Terrorismo', para afrontar con unidad la situación creada con el anuncio de ETA.

El Estado de Derecho debe actuar con firmeza para evitar la impunidad de los terroristas. El final del terrorismo no puede conducir a la frustración de las aspiraciones de justicia de las víctimas del terrorismo y de la sociedad española.

Los abajo firmantes adquirimos el compromiso de velar por los principios que nos unen 'MEMORIA, DIGNIDAD Y JUSTICIA'.

ASOCIACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO AVT

COLECTIVO VÍCTIMAS DEL TERRORISMO COVITE

ASOCIACIÓN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO VERDE ESPERANZA

FUNDACIÓN MIGUEL ANGEL BLANCO

FUNDACIÓN CORONEL MÉDICO DR. MUÑOZ CARIÑANOS

FUNDACIÓN TOMAS CABALLERO

FUNDACIÓN GREGORIO ORDOÑEZ

ASOCIACIÓN AYUDA VÍCTIMAS 11-M

PABLO BROSETA

FRANCISCO Y TERESA JIMENEZ BECERRIL

FORO ERMUA

Texto íntegro del comunicado conjunto emitido por las principales asociaciones de víctimas del terrorismo el sábado 25 de marzo de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente el texto.

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