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Atentados en Londres: El Análisis

Por Sin Pancarta - 11 de Agosto, 2006, 7:07, Categoría: General

Todos los ciudadanos de bien ayer recibíamos una gran noticia. La policía británica detenía a más de una veintena de terroristas que pretendían hacer explotar una decena de aviones en pleno vuelo sobre el Atlántico. Pronto la satisfacción se truncaba en preocupación. Son muchos los factores a tener en cuenta. Esta vez miles de inocentes se han salvado ¿La próxima? El enemigo está dentro, es una autentica quinta columna, los terroristas eran nacidos en el Reino Unido.

 

Estas lógicas preocupaciones no son las mismas que se plantea el diario de PRISA, éste prefiere incidir en la carencia de medidas integradoras para las comunidades islámicas. Bush no entiende que la solución está en ‘La Alianza de Civilizaciones’. Para EL PERIODICO (que ya no es de Franco) lo presenta como que “el arresto de islamistas en el Reino Unido reaviva el debate sobre seguridad a cambio de menos libertad”. Yo no se si esta gente no sabe lo que dice o trabaja activamente como quintacolumnista, en cualquier caso es la demostración palpable de que el enemigo lo tenemos en nuestra casa.

 

“Pánico transatlántico” (Editorial de EL PAIS)

  

 

La policía y los servicios de información del Reino Unido, con cooperación internacional, han abortado una cadena de atentados terroristas que habrían horripilado al mundo tanto o más, si cabe, que el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de septiembre de 2001. Con la detención de al menos 24 presuntos implicados en una trama que presuntamente pretendía hacer estallar aviones de pasajeros en pleno vuelo, los agentes británicos han abortado lo que sus superiores calificaron de "inminente matanza de dimensiones inimaginables".

 

Según lo conocido ayer, este grupo terrorista -cuya vinculación con Al Qaeda es, como suele ocurrir en estos casos, imprecisa- planeaba derribar sobre el Atlántico entre 6 y 10 aviones comerciales. La mera idea de que un número indeterminado de aeronaves desaparecieran simultáneamente en medio del mar refleja de forma brutal las dimensiones de semejante atentado. El presidente Bush lo atribuyó ayer de forma categórica a los "fascistas islámicos", pero eludió, una vez más, cualquier alusión a la necesidad de una política más integradora de las comunidades islámicas en las sociedades occidentales. La eficacia policial es imprescindible frente a la minoría fanática, pero también lo es evitar la adhesión a esa minoría de una parte de la población de origen musulmán que habita en nuestras ciudades. Es evidente que en esto hay un fracaso.

 

Si el ataque a las Torres Gemelas tenía una profunda carga simbólica, la ruptura del eje y la comunicación transatlánticos tendría unos efectos psicológicos devastadores. De momento, la operación antiterrorista de ayer generó un inmenso caos en los aeropuertos no ya de Londres y Estados Unidos, sino de todo el hemisferio occidental. Centenares de miles de pasajeros vieron frustrados sus planes de viaje, rotas sus expectativas de reencuentro familiar o destrozados sus contactos de negocios. Pese a todo, soportaron ejemplarmente tanta incomodidad, conscientes de la amenaza terrorista. La Bolsa volvió a revelarse como un baremo de la estabilidad emocional de las sociedades modernas y todos volvimos a sentir esa profunda vulnerabilidad. Alarma el hecho de que, como parece, los detenidos en Londres son en su mayoría del Reino Unido, como los autores de los brutales atentados de julio de 2005. Las sociedades democráticas y abiertas han de ser conscientes de que, dentro y fuera de su seno, surgen enemigos que se alimentan de nuestras debilidades y contradicciones para sembrar el dolor, el caos y el terror indiscriminado.

 

Ayer, la policía británica, en cooperación con otras policías de sociedades democráticas, abortó un disparate de dimensiones planetarias cuyo objetivo era instalarnos, una vez más, en el terror y hacernos menos libres en la medida que más vulnerables. Parece que esta vez han fracasado. Y debemos estar decididos a que siempre sea así, por mucho que lo intenten.

  

Editorial publicado en el diario EL PAIS el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

“Una hecatombe frustrada que revela nuestra vulnerabilidad” (Editorial EL MUNDO)

 

 

«Asesinato en masa de nivel incalculable». Ésta es la calificación que empleó ayer uno de los jefes de Scotland Yard para definir los atentados que planeaba un grupo radical islámico, que, según el Gobierno británico, quería hacer estallar 10 aviones en vuelo de Londres a EEUU, provocando miles de muertos.

 

El aeropuerto de Londres estuvo ayer prácticamente cerrado por razones de seguridad, lo que provocó un efecto dominó en las compañías aéreas, que tuvieron que cancelar una parte de sus vuelos internacionales. Mientras, la Policía británica detenía al menos a 24 personas en la capital y varias ciudades del país. Según explicaron el ministro de Interior, John Reid, y el jefe de la lucha antiterrorista, Peter Clarke, los terroristas pretendían acceder a los aviones con explosivos líquidos camuflados en sus equipajes de mano y no detectables por los sistemas de control del aeropuerto.

 

Afortunadamente, las Fuerzas de Seguridad británicas han logrado esta vez anticiparse a los terroristas, un año después de la masacre del 7 de julio en Londres. Pero nadie duda de que lo volverán a intentar, sea en la capital británica o en cualquier otra gran ciudad europea. El fanatismo islámico pone en evidencia la vulnerabilidad de las sociedades occidentales, donde existe la libre circulación de personas y donde decenas de millones de ciudadanos se desplazan cada día en tren, avión o barco. No es posible controlar a todos esos viajeros.

 

La novedad de lo sucedido ayer es que los terroristas planeaban segar cientos o miles de vidas humanas con unos explosivos introducidos en equipajes de mano. De ahora en adelante, será inevitable la inspección de las bolsas que cada pasajero introduce en el avión, lo que supondrá una nueva incomodidad para viajar. Y no es descartable que las autoridades opten por prohibir el equipaje de mano para prevenir estos nuevos métodos terroristas.

 

Gran Bretaña es probablemente el país de Europa más vulnerable al terrorismo islámico por dos razones. La primera es el alineamiento de Blair con la política exterior de Bush. Gran Bretaña ha enviado soldados a Afganistán e Irak y ha respaldado sin fisuras las posiciones de EEUU. Ello ha provocado que Al Qaeda coloque a este país como su objetivo preferente en Europa.

 

El segundo motivo es que en Gran Bretaña existe un población musulmana de varios millones de personas, con un bajo nivel de integración. Timothy Garton Ash hacía referencia ayer en The Guardian a una encuesta en la que la mitad de los musulmanes británicos respondía que no se siente identificada con su patria de acogida. Una tercera parte de los jóvenes musulmanes afirmaba preferir la sharia al sistema de vida británico. A la luz de estas respuestas, se entiende que el fanatismo islámico dispone de un excelente caldo de cultivo en este ambiente.

 

Gran Bretaña y Europa son cada vez más vulnerables, como resaltaba recientemente en nuestras páginas el contralmirante Chris Parry, que sostiene que las migraciones harán caer Europa al igual que los bárbaros provocaron el hundimiento del Imperio Romano. Una tesis catastrofista pero que podría hacerse realidad si los Gobiernos europeos no aciertan con sus políticas y el islamismo radical sigue extendiéndose en nuestro continente como una mancha de aceite.

  

Editorial publicado en el diario EL MUNDO el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

“La amenaza continúa” (Editorial de ABC)

  

 

La Policía británica afirma haber desactivado un terrible atentado terrorista que, según se ha descrito, habría provocado «un asesinato masivo, a una escala inimaginable». La labor preventiva es siempre la que mejores frutos da y en este caso las Fuerzas de Seguridad británicas merecen un elogio que tal vez habría sido más discutido en otras operaciones antiterroristas. Por desgracia, las sociedades occidentales están obligadas a pagar el peaje de la incomodidad por las medidas de seguridad en las zonas especialmente sensibles, como los aeropuertos, y lo único que podemos decir con certeza es que eso tendrá que ser así durante mucho tiempo. En estas circunstancias no podemos dejar de colaborar con quienes se esfuerzan por evitar los atentados terroristas, que, como se demuestra constantemente, siguen siendo una amenaza real.

 

De hecho, sucesos como éste nos vuelven a recordar que el mundo civilizado continúa haciendo frente a una ofensiva implacable por parte de las fuerzas del fanatismo. Las sociedades libres están amenazadas expresamente por los partidarios del terror oscurantista, y el hecho de que esta vez la Policía haya podido llegar antes de que se cumpliesen los siniestros planes de los asesinos no resta en modo alguno relevancia al ataque del que todos (puesto que cualquiera podría haberse encontrado en esos aviones) éramos objetivos. Ignorarlo no nos hace inmunes a los ataques de los que quieren imponer a todo el mundo sus retorcidas visiones de la religión islámica. De este tipo de violencia son víctimas tanto los iraquíes como los norteamericanos, no hay nacionalidad ni religión que esté libre de peligro.

 

Tal vez este atentado pretendiese ser una venganza contra Occidente por la sensación de injusticia que muchos árabes y musulmanes pudieran percibir por lo que sucede en el conflicto de Oriente Próximo. Tal vez pretendiera ser una respuesta a lo que está pasando en estos momentos en Líbano. Nada de ello podría suministrar el menor grado de legitimidad a tales acciones, ni justificar la violencia contra personas inocentes. El terrorismo es siempre condenable, es un ejercicio criminal de ciego salvajismo y nunca puede ser considerado como un mecanismo de acción política.

 

Sería un error que en España el Gobierno se confundiera por un exceso de optimismo, creyendo que solamente esa quimera bucólica del diálogo de civilizaciones sirve para protegernos de este peligro evidente. En nuestro caso es tan cierto que hasta los portavoces reconocidos de Al Qaida han manifestado claramente su deseo de obrar por la vuelta del Al-Andalus de la mitología árabe clásica, es decir, España, al dominio musulmán. Ya es bastante inquietante asistir a ese insensato optimismo con el que el Ejecutivo disminuye expresamente la importancia del riesgo del terrorismo etarra como para pensar que se está bajando la guardia en materia de prevención de terrorismo islámico, algo que sería extremadamente grave.

 

El mundo va a tener que hacer frente todavía durante mucho tiempo a esta amenaza, y los expertos consideran que aún no hemos visto lo peor. La posibilidad de que haya terroristas que se procuren armas de destrucción masiva es el mayor riesgo que deberemos combatir en el futuro y para ello sigue siendo crucial que no haya más Estados fracasados en los que tales planes puedan desarrollarse bajo una cobertura oficial. A veces es difícil comprender que estamos en guerra cuando el enemigo no se ve; aunque el campo de batalla está en nuestras propias ciudades, hemos desarrollado una capacidad para borrar en cuestión de horas todo rastro de los ataques de los que somos objeto. Como se demuestra en este nuevo ataque contra Londres, afortunadamente podemos incluso llegar a evitar que tales embestidas se produzcan. Pero eso no debe invitar al relajo. Porque la amenaza sigue existiendo y los enemigos de la libertad continúan empeñados en ponernos de rodillas.

  

Editorial publicado en el diario ABC el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

“El terrorismo más ciego y más atroz” (Editorial de LA RAZON)

 

 

Una labor eficaz conjunta de los servicios de Inteligencia británicos con el apoyo de los EE UU permitió evitar ayer al mundo occidental otra jornada de dolor y sangre. El terrorismo islamista, fiel a sus promesas, a sus amenazas y a sus propósitos de derribar todo lo que representa la cultura, la civilización y la forma de vida de los sistemas democráticos, había ideado un nuevo zarpazo tan brutal, tan despiadado y tan sofisticado como el del 11-S, del que dentro de unas semanas se cumplirán cinco años. La yihad no se detiene. Recluta a sus militantes enceguecidos allí donde los necesita. Ayer, en Londres, una impecable labor policial evitó la gran tragedia. Pero podía haber ocurrido. Otra vez, como en el 7-J, un puñado de ciudadanos británicos de origen paquistaní y de creencia musulmana, buscó un baño de sangre por un sistema hasta ahora desconocido. De haber culminado sus objetivos, la explosión en el aire de diez aviones que hacían la ruta entre Londres y distintas ciudades de los Estados Unidos, habría provocado una matanza abrumadora. Entre dos y tres mil personas podrían haber perdido la vida si el terrorífico plan de estos sanguinarios kamikaces hubiera alcanzado sus objetivos. En esta ocasión, no lo lograron. La democracia está librando una guerra global contra un enemigo poderoso y fanatizado. No es una pugna convencional. Es la guerra contra el terrorismo. En los aeropuertos europeos, en los rascacielos estadounidenses, en las estaciones de Metro de Madrid, en los desiertos de Afganistán, en las fronteras de Israel, en el vientre mismo de Irán... Es una guerra sin treguas ni trincheras, en la que uno de los ejércitos, populoso y febril, muestra cada día su imagen más feroz. Sin clemencia, sin titubeos. En el otro lado, hay gobiernos dispuestos a defender sus valores y sus principios con firmeza y rigor. Pero otros todavía titubean a la hora de asumir sus responsabilidades y juguetean enarbolando teorías singulares sobre la «Alianza de Civilizaciones» o coquetean con pañoletas fedayines. ¿Existe alguna solución para poner coto y derrotar a esta ofensiva del mal? Aislar a los islamistas fanáticos de los islamistas moderados. Es la teoría más instalada en los núcleos del pensamiento occidental, donde se trabaja por impulsar la democratización de los regímenes más porosos a la posibilidad de una evolución hacia horizontes más abiertos, plurales y democráticos. Se trata, con todo, de un empeño endiablado y, de momento, casi inaccesible. Pero es el único camino. Y mientras se alcanza, no cabe otra posibilidad que seguir haciendo frente, sin pestañear, a todos los desafíos que, en forma de brutales atentados, de guerras terroristas, de subversiones enquistadas, desarrollan los impulsores de la sangre y el horror.

 

Washington señaló ayer a Al Quaida como el responsable último de la masacre desbaratada en Londres. Dentro de unos días tendremos la solución al enigma. De momento, esta arremetida la ha ganado el mundo democrático y libre. Pero la guerra continúa. Y el campo de batalla es todo el planeta. «Desde Al Andalus hasta Irán», decía en su último comunicado el vicecónsul de los terroristas. Ya estamos más que advertidos.

  

 

Editorial publicado en el diario LA RAZON el viernes 11 de agosto de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

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