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Opiniones (8 de Octubre de 2006)

Por Narrador - 8 de Octubre, 2006, 9:00, Categoría: Opinión en Prensa

“Paz sin justicia” por Ignacio Camacho

Desde su lúcida soledad de cascarrabias, Ramiro Pinilla ha celebrado el Nacional de Literatura con una impecable requisitoria moral sobre el terrorismo: «Me duelen los 900 crímenes y la actitud de medio País Vasco mirando a otro lado». Con un certero hachazo de aizkolari, el viejo novelista del drama pétreo de los valles del Norte ha levantado astillas en el tronco carcomido de una sociedad enferma, sin cuya silenciosa anuencia cómplice no se explica la longevidad de la carnicería.

Recuerdo muy bien una escena de la campaña electoral de 2001. ETA acababa de asesinar a un dirigente del PP en Zaragoza, y en una plomiza tarde bilbaína se concentraban en la Plaza Moyúa los habituales de la resistencia: Ibarrola, Vidal de Nicolás, Savater, la gente del Foro de Ermua y de Basta Ya. Un puñado de personas decentes aguantaba la mirada indiferente de los transeúntes del centro junto a una boca de Metro diseñada por Norman Foster. Pasaron dos señoras bien vestidas, fenotipo gemelo de la apacible burguesía que merienda en el barrio de Salamanca, en Los Remedios o en Sant Gervasi. Miraron al grupo estoico con el mismo desapego displicente que el resto de los viandantes, y una le transmitió a la otra el diagnóstico de la situación: «Ya están ahí los de siempre».

Los de siempre eran esas docenas de ciudadanos honrados que no se resignan ante la rutina del crimen. Los que perturbaban con su silencio de estatuas la próspera normalidad de una comunidad acostumbrada a mirar para otro lado cuando suenan los tiros en su cuidado jardín. Una sociedad hemipléjica que ha compatibilizado la existencia de treinta años de terrorismo con la realidad de un visible desarrollo económico, bajo la premisa de que el drama, la extorsión y el sufrimiento sólo alcanzan a los que están dispuestos a involucrarse en ellos. Una sociedad que ha acabado culpabilizando moralmente a las víctimas por perturbar la ficción de un orden sin libertad.

Esa sociedad permeabilizada por el nacionalismo, mimetizada con un paisaje de dominancia establecida como una costumbre, ha recogido durante años las nueces que caían del árbol de la violencia, creyendo que sus manos estaban limpias porque no agitaban los ramajes de terror. Es la misma que ahora se dispone a recoger el fruto de una «paz» sembrada sobre el dolor de otros, cuyo sacrificio quedará orillado como un estéril tributo de dignidad sin recompensa. Una sociedad infectada por el virus del desafecto, de la tibieza, de la insensibilidad ante la aflicción ajena. Una sociedad herida en la que una mitad disfruta del privilegio confortable de una estabilidad basada en el padecimiento de la otra media.

Ha tenido que ser el viejo Ramiro Pinilla, autoexiliado en el interior de su conciencia, el que recuerde esta verdad dolorosa como un puñetazo en el alma. La que seguirá latiendo con toda su tristeza en la médula del honor colectivo cuando doblen las campanas triunfales de una paz sin justicia.

Publicado en el diario ABC el domingo 8 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

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